De la chacra a Mar del Plata: María Glinka y una historia de fe que llegó a los Premios Lía Encalada

De la chacra a Mar del Plata: María Glinka y una historia de fe que llegó a los Premios Lía Encalada

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A sus 82 años, María Magdalena Glinka continúa trabajando en su chacra de Apóstoles y llevando adelante Yerba Mate Amanecer Campero, una producción totalmente orgánica con secado tipo barbacuá. En Mar del Plata recibió un reconocimiento en los Premios Lía Encalada, pero detrás de esa distinción hay una historia de trabajo, perseverancia y una profunda fe católica que María lleva consigo desde hace años.

Hay historias que emocionan porque no necesitan adornos. Historias que se cuentan con la voz entrecortada, con la memoria de los años y con la convicción de quien siente que cada paso recorrido tuvo un sentido.

La de María Magdalena Glinka es una de ellas.

Desde su chacra de Apóstoles, María construyó una vida alrededor de la yerba mate. A sus 82 años continúa trabajando y acompañando las distintas etapas de una producción que lleva el nombre de Amanecer Campero, una yerba mate totalmente orgánica y elaborada con secado tipo barbacuá, recuperando una forma tradicional de producción profundamente vinculada a la identidad misionera.

Su trayectoria fue reconocida en los Premios Lía Encalada, donde llegó desde Misiones hasta Mar del Plata para recibir una distinción junto a mujeres rurales de distintos puntos del país.

Pero cuando María habla de su camino, no comienza hablando del premio.

Habla de Dios.

Habla de una dificultad familiar.

Habla de una oración.

Y habla del Santísimo.

Hace aproximadamente diez años, mientras atravesaba un momento muy difícil por los problemas de salud de su esposo, María recurrió a aquello que siempre había sostenido su vida: la fe.

“Ojalá, le digo así de corazón, que todas las mujeres que se quieren hacer algo no se entreguen, tengan voluntad, pidan a Dios nuestro Señor”, expresó María, dirigiéndose especialmente a otras mujeres que, como ella, alguna vez tuvieron que enfrentar momentos difíciles.

Entonces recordó aquello que para ella fue un verdadero regalo.

“Yo le pedí a Él por los problemas que yo tenía de salud de mi esposo y era algo muy difícil. Pidiendo al Santísimo, me consiguió, me regaló un barbacuá”, contó con emoción.

El barbacuá llegó hace aproximadamente una década y, según su relato, lo consiguió por 15.000 pesos. Pero lo que para cualquiera podría parecer simplemente una compra o una herramienta de trabajo, para María tiene otro significado.

“Por 15.000 pesos, hace 10 años atrás, yo logré, rezando, pidiendo, un barbacuá”, recordó.

Y no fue solamente el barbacuá. También consiguió gran parte de aquello que necesitaba para ponerlo en funcionamiento: las herramientas, el cilindro y los elementos necesarios para continuar con la producción.

“Todo lo que se necesita para un barbacuá, las herramientas, todo el cilindro, todo, Dios me regaló”, afirmó.

Lo dice con una certeza profunda, con esa fe sencilla y fervorosa que atraviesa cada una de sus palabras.

Por eso, María continúa trabajando.

“Por eso yo estoy todos los días trabajando la yerba, ayudando cuando secan”, contó.

Y mientras habla, queda claro que el trabajo para ella no es solamente una actividad productiva. Es también una manera de agradecer.

“Todo lo que pueda hacer, hago”, sostuvo.

Porque aquel barbacuá que llegó en uno de los momentos más difíciles de su vida terminó convirtiéndose en una herramienta para seguir adelante, para producir y para sostener una tradición que hoy forma parte de su historia y de la identidad de Amanecer Campero.

María reconoce que nunca imaginó recibir aquel regalo.

“Yo nunca pensé que Dios me iba a hacer ese gran regalo”, expresó.

Por eso, desde su experiencia, su mensaje no fue solamente para las productoras rurales. Fue para cualquier mujer que alguna vez haya sentido que no puede seguir.

Que no se entregue.

Que tenga voluntad.

Que pida.

Que confíe.

Y que mantenga viva la esperanza.

“La fe mueve montañas. Hay que pedir con fe”, dijo María, y en esas palabras está quizás la esencia de su historia.

Aquel reconocimiento recibido en Mar del Plata no fue solamente un premio. Fue también la oportunidad de que una historia nacida en una chacra misionera pudiera ser escuchada mucho más allá de sus límites: la historia de una mujer que hizo de la tierra su camino, del trabajo su manera de avanzar y de la fe su refugio.

María volvió a Misiones con un reconocimiento entre sus manos y con la misma convicción que la acompañó durante todos estos años. La del trabajo cotidiano, la de no rendirse y la de seguir creyendo, incluso cuando el camino parece difícil.

Porque detrás de cada hoja de yerba de Amanecer Campero, detrás de cada jornada junto al barbacuá, hay también una historia de gratitud.

La historia de María Glinka, una mujer que llegó desde la chacra hasta Mar del Plata para recibir un premio, pero que terminó dejando algo mucho más valioso, un mensaje de esperanza para todas aquellas mujeres que todavía tienen un sueño por cumplir.

Y como ella misma lo dijo, con la fuerza de quien lo aprendió viviendo, “La fe mueve montañas.”

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